ARQUEOLOGIA ERÓTICA EN ECUADOR Y COLOMBIA

Las culturas Tumaco, Tolita y Quimbaya habitaron las regiones norte de Ecuador y sur de Colombia desde el siglo II a.C. hasta el siglo X d.C.

Estatuilla itifalica de un hombre en pie, con el brazo levantado por sobre la cabeza. Cultura Tumaco-tolita, Ecuador. Museo del Banco Central del Ecuador, Quito.

Muchas esculturas tumaco representan libremente la vida sexual. Son muy comunes las representaciones de hombres jaguar, de parejas en el momento de la relación sexual y los estuches fálicos.

Piezas típicas de la región Calima son las maternidades y las figuras femeninas gordas.

Las Urnas Fálicas

Estas sorprendentes urnas funerarias cilíndricas son conocidas en los medios arqueológicos con el nombre de “veleros”. La forma de estas piezas, procedentes de la cultura calima del Valle del Cauca, y su gran tamaño, aproximadamente 1.20 metros de altura, han llamado la atención de investigadores y aficionados, puesto que representan fielmente el órgano sexual masculino.

Su superficie lisa y pulida sólo muestra en raras ocasiones franjas verticales de pintura roja. A veces unos pequeños agujeros en los bordes del cuerpo de la vasija interrumpen el plano liso de la pieza. Probablemente servían para colgar la urna durante el ritual que se efectuaba al exhumar los restos óseos del difunto para colocarlos en la vasija con el fin de que reposaran definitiva­mente en una cámara funeraria.

El contexto ritual en el que se han descubierto las urnas son tumbas de pozo, relativa­mente profundas, con una cámara lateral, el espacio donde “viven” los muertos. Un ejemplo representativo es una tumba hallada en el sitio de Bitaco, en la región calima. En el centro de la cámara se encontraba una urna “velero”,

flanqueada por dos urnas tipológicamente distintas, pero asociadas, como la principal, al mismo complejo funerario. La tumba no contenía ajuar funerario y en la urna había restos de huesos, algunos calcinados, y de textiles.

Si ubicamos estas urnas en el tiempo, su aparición se da posiblemente entre los siglos VII y XII de nuestra era. Cronológicamente son con­temporáneas de la cultura de Yotoco, mas su origen es incierto.

Para comprender el simbolismo de estas urnas funerarias en forma de falo es preciso adentrarse en el macrocosmos del mito y el ritual de nuestros aborígenes, quienes poseen un pensamiento globalizante y profundo, muy diferente de las nociones simplistas dentro de las cuales han sido arbitrariamente encasillados. Entre los kogi de la Sierra Nevada de Santa Marta y los desana del Vaupés, ampliamente estudiados por Reichel-Dolmatoff, se constata que estos grupos reflejan la estructura macro­cósmica en innumerables aspectos de su cultu­ra material. El pensamiento de los kogi forma parte de esas creencias de los pueblos mesoamericanos, una de cuyas bases es el dualismo.

El núcleo de la religión kogi lo constituye la Gran Madre, quien en un principio creó un huevo cósmico concebido en nueve capas dife­rentes habitadas por sus respectivos espíritus. Los humanos habitamos el quinto nivel. Una concepción afín consiste en que esos mundos son grandes volantes de huso, ensartados, unos sobre otros, en un gran huso. Esta pieza central es el axis mundi, la figura del árbol sagrado que se mencionó a propósito de la lámina de los “coqueros”. Si se traslada este orden de ideas a los objetos de la cultura material, se aprecia, por ejemplo, que los techos cónicos de las casas dedicadas al culto religioso, o “cansamarías”, poseen una estructura escalonada que se visualiza como las capas cósmicas. Se cree, asimismo, que esta estructura se repite bajo la tierra. Más aún, el centro de la cansamaría se convierte en el centro del mundo, en ese axis mundi que pasa por los lugares sagrados.

Otra idea recurrente es la de que el gran huevo es el útero divino, el útero de la Gran Madre. Descendiendo en la escala del pensa­miento, la tierra se concibe también como otro útero, al igual que toda montaña, vivienda o tumba. El pensamiento aborigen gira alrededor del cosmos y de fuerzas vitales como creación, fecundación, muerte y regeneración. Un ejemplo bellísimo dentro de esta estructura de pensa­miento es que el techo cónico de las cansamarías, que parece una sombrilla abierta, tiene un orifi­cio en la punta, el cual es considerado por los kogi como la vulva, como la entrada al útero de la Gran Madre.

Entre los desana, del Vaupés, el útero también posee un complejo simbolismo. Puede ser una casa, una canoa, una olla o los pozos en los raudales donde moran los peces. Pero el concepto uterino es aplicable a esferas más profundas del pensamiento. El tránsito de un plano cósmico a otro es en realidad un nacimien­to que se lleva a cabo rompiendo la placenta. El pene significa nacimiento, y la comunicación con las deidades se hace por medio de la pene­tración del falo en el gran útero cósmico. Es así como los muertos de las urnas de la lámina eran enterrados en úteros cerámicos, pero en forma de falos. La regeneración, luego de la muerte, se hará por un contacto sexual pasivo.